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solidaridad, discapacidad, fundaciones, Cottolengo, rechazo, exclusión, abandono
Imagen: Foto cortesía de Pablo Izquierdo

Así es la fundación que acoge a las personas más rechazadas de la sociedad

Llegan de niños, muchas veces rechazados y abandonados, y se quedan allí el resto de sus vidas. Esta es la conmovedora labor de Pequeño Cottolengo, un centro donde las personas con discapacidad intelectual severa encuentran no sólo un hogar, sino una verdadera familia.

Por Jonathan Mardones | 2016-05-18 | 15:16
Tags | solidaridad, discapacidad, fundaciones, Cottolengo, rechazo, exclusión, abandono
"Es muy distinto un chico que va a una escuela especial común y corriente, porque tiene el apoyo de sus padres. Tiene abuelos, familia. Acá no tienen a nadie. Por eso todo es más difícil"
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Entrar a la sede de Cerrillos de la fundación El Pequeño Cottolengo es como sumergirse en otro mundo, otra dimensión. Al cruzar la primera puerta, algo avisa que la experiencia será intensa: personas adultas caminan libremente por el patio, sin un destino claro (o quizá sí), realizando acciones extrañas, no acordes a su edad, saludando a las visitas con un “hola, tío”.

El lugar parece una mini ciudad. En 7,58 hectáreas se despliegan 9 casonas que funcionan como hogares y varios otros edificios utilizados para distintas funciones. Y en los espacios verdes, esos que emulan un parque, cada persona vive su mundo. Son 296 residentes que habitan el hogar, destinado para acoger a niños, jóvenes y adultos con discapacidad intelectual severa y profunda, en su mayoría carentes de familia.

© Pablo Izquierdo

Desde 1970 la fundación se hace cargo de, según ellos, las personas más rechazadas de la sociedad. Esa fue la inspiración que tuvo Luis Orione, sacerdote italiano, que por el 1915 fundó la primera casa Cottolengo en ayuda de los más pobres, en el pueblo de Ameno, Italia. Luego fundó colegios. Luego se expandió al mundo. Luego fue Chile, donde la enseñanza de Orione –ayudar a los más olvidados– se interpretó así, en forma de hogar para personas con graves discapacidades mentales, por la Congregación Pequeña obra de la Divina Providencia.

Han sido 46 años de trabajo intenso. A veces agotador, según los propios protagonistas, pero reconfortante. Así también lo ve Patricia Oliva, 55 años, que llegó en 1977 a trabajar aquí. A los 16 años, invitada por una tía, conoció por primera vez el lugar. Como tenía 10 hermanos, necesitaba dinero para ayudar en su casa. “La primera vez fue impresionante. Nunca había visto a niños con tanta discapacidad”, cuenta Patricia. Le ofrecieron trabajo y aceptó de inmediato. Fue el primer empleo de su vida. Y el único.

Cuando llegó, se encariñó de inmediato con muchos de los niños que vivían en el hogar. Los mudaba, les daba la comida, los bañaba. Patricia Oliva recuerda con un cariño especial a una de sus regalonas: le dice la Carmencita. La conoció a los 4 años. Hoy tiene 44.

Muchos de los adultos que hoy circulan por el patio del Pequeño Cottolengo llegaron cuando niños, la mayoría desechados por sus propios padres. Esos que saludan con un tierno “hola, tío”, han pasado toda su vida aquí.

Y es que si algo caracteriza a este lugar, es que la persona que entra, casi con total seguridad, nunca más volverá a salir.

© Pablo Izquierdo

Esperanza en el abandono

Pilar Flores, en su etapa como universitaria, hace más de 15 años, le propuso a un profesor realizar un trabajo sobre El Pequeño Cottolengo. Lo común entre los estudiantes de educación diferencial era escoger las típicas escuelas especiales para investigarlas y desarrollar un tema. Pero a Pilar Flores, que vive en Cerrillos, comuna que alberga a la fundación, siempre le llamó la atención la labor de Pequeño Cottolengo. La institución cuenta con una escuela especial hace 32 años, a la que asisten niños de 5 a 26 años del mismo hogar.

“Cuando propuse el tema, el profesor me dijo que no, que no servía porque eran chicos con los que no se podía hacer nada. Casi que me dijeron que buscara un colegio normal. A mí me quedó dando vuelta esa respuesta. Al final, continué con mi tema, fui al hogar y visité la escuela”, relata Pilar Flores. Tiempo después se tituló de educadora diferencial. El primer trabajo que buscó fue en El Pequeño Cottolengo. Hoy es la directora de la escuela.

“Es muy distinto un chico que va a una escuela especial común y corriente, porque tiene el apoyo de sus padres. Tiene abuelos, familia. Acá no tienen a nadie. Por eso todo es más difícil”, afirma la directora.

El principal ingreso a El Pequeño Cottolengo es a través del Servicio Nacional de Menores (Sename). La institución estatal, entrega a los hogares para menores la tuición de los niños cuyos padres no estén aptos para criar a sus hijos, por decisión de tribunales. Es decir, los niños que viven en un ambiente de riesgo, vulnerable, en el que su desarrollo como persona corra peligro, son apartados de sus familias para internarse en estos centros. Los niños con discapacidades mentales severas o profundas van a dar al Pequeño Cottolengo.

Una vez dentro, a diferencia de los centros del Sename, nunca serán dados de alta. Pasarán el resto de sus días en el hogar de Cerrillos debido a que, a pesar de cumplir mayoría de edad, no están mentalmente aptos para subsistir por su cuenta.

La escuela liderada por Pilar Flores se transforma en la principal fuente de aprendizaje de niños y jóvenes. “El objetivo central de la escuela es estimular sus habilidades para que se desarrollen lo máximo posible. Una mirada, una sonrisa, un movimiento, para nosotros son logros importantes”, dice Pilar.

Para eso cuentan con salas especiales, equipos y personal capacitado en la educación de los niños y jóvenes. Todos los días los residentes se dividen en secciones según sus edades para trabajar en lo que necesitan desarrollar.


© Pablo Izquierdo

La directora agrega un argumento que se escucha reiteradas veces entre los trabajadores de Cottolengo: “Nos motiva seguir trabajando aquí porque hay un cariño que sobrepasa lo profesional. A veces uno deja de ser solo la profesora y cumple el rol de madrina, de mamá. Muchas se llevan a los chiquillos para año nuevo o navidad. Los sacan para su cumpleaños. Sabemos que no sólo necesitan lo profesional, sino que lo humano es sumamente importante. Yo creo que esa labor afectiva te hace comprometerte”.

Pasar del pequeño mundo al grande

Producto del trabajo constante de los educadores, sumado a las capacidades que tienen los propios niños, 3 de ellos pueden estudiar en colegios fuera de Cottolengo. ¿Por qué? Según palabras de Pilar Flores, relacionarse en otro entorno, con otras personas, incluso el simple hecho de viajar fuera del hogar, ayuda a los niños a desarrollar sus habilidades sociales, que son vitales para que, quién sabe, a futuro los niños puedan encontrar trabajo.

© Pablo Izquierdo

Y es que a pesar de que nunca sean dados de alta y que toda su vida la pasen dentro del hogar, existe la posibilidad, sólo para algunos, los más capacitados, de salir a trabajar afuera.

“Actualmente hay dos adultos trabajando afuera. El año pasado había 5. Pasa que son chicos de 30 años que han vivido toda su vida en esta burbuja que se crea en Cottolengo, por ende es muy difícil la inclusión afuera. Son procesos largos, de varios años. No cumplen con los horarios de trabajos o ciertas responsabilidades. Acá tendíamos a sobreprotegerlos mucho”, asegura la directora de la escuela.

Uno de los niños con más proyecciones es Moisés. Al "Moise", como lo llaman, todos lo conocen. En su silla de ruedas recorre los pasillos del lugar buscando constantemente gente para relacionarse. “El Moise es un loquillo”, dice con una sonrisa Pilar Flores.

Él es uno de los tres niños que estudia afuera, con resultados increíbles. A diferencia de la mayoría de los internos, Moise logra conectarse con todas las personas y entablar relaciones fluidas. Por sus capacidades se proyecta que cuando grande pueda ir a trabajar afuera. Ese es el sueño de todos los que trabajan con él.

© Pablo Izquierdo

Sobre todo de su padrino. Los padrinos son personas que asumen el compromiso de apoyar constantemente el desarrollo de un niño del hogar, dándole el afecto casi familiar que no tienen. También puede tomar este rol gente de afuera. La mayoría, eso sí, son trabajadores de Cottolengo, como el padrino de Moise.

Varios niños del hogar están apadrinados. Los padrinos los sacan el fin de semana, le celebran sus cumpleaños, los invitan a sus casas en navidad. La relación que se crea entre ellos es sumamente cercana. De hecho Moise a su padrino le dice papá; aunque él, hace años, sí tuvo papá biológico. Y no tendría por qué haber llegado a Cottolengo.

Moise nació normal, sin discapacidades mentales. Pero en su hogar, todo indica, se vivía una violencia desproporcionada. Un día Moisés sufrió un grave accidente producto de la negligencia de sus padres. Le provocó un daño mental irreversible. Sename les quitó la tuición. Moise llegó a Cottolengo.

Hacer todo con casi nada

250 personas trabajan constantemente en El Pequeño Cottolengo. Asistentes sociales, kinesiólogos, terapeutas ocupacionales, cocineros, entre muchos otros especialistas, trabajan todos los días con los residentes, niños, jóvenes y adultos, en función de su cuidado y desarrollo.

Pero, ¿quién paga todo esto?

Como la mayoría de los que llegan al hogar lo hace vía Sename, la institución estatal entrega un subsidio. Sin embargo el aporte de Sename representa solo un 30% del total.

Otro 20% ingresa a través de otras instituciones, como por ejemplo los fondos de pensiones. Como hay adultos mayores, el Estado envía a Cottolengo las pensiones que les corresponde. O también la subvención que el Mineduc le entrega a la escuela especial. El 50% restante… que sea lo que Dios quiera.

Llevan 46 años viviendo y creciendo con la incertidumbre de no saber si alcanzará el dinero. A pesar de que hay personas que mensualmente aportan y fundaciones que colaboran cada cierto tiempo, ese 50% es incierto.


© Pablo Izquierdo

Cuando los cuidadores son la única familia

Aunque los sueldos son bajos y el avance tecnológico y profesional sea lento por falta de recursos, los trabajadores ven en este lugar un enriquecimiento humano.

“Esta es mi primera pega. Salí de la universidad y empecé a trabajar acá de inmediato. Y no me he podido ir. A veces hay años que digo ‘ya, ahora me voy’ y sinceramente no puedo”, confiesa Pilar Flores, la directora del colegio.

Patricia Oliva, la que trabaja acá desde los 16 años, la que ha conocido a niñas que se convirtieron en adultas, dice que “mis hijos saben que esto está primero que ellos. Aunque mis hijos estén enfermo, yo vengo a trabajar. Siempre me las arreglé para que alguien los llevara al doctor”. Y agrega que “esto es como mi vida. Tengo mucho que agradecer a Cottolengo. Todo lo que sé y lo que hago lo aprendí acá. He pasado más de la mitad de mi vida aquí. No me imagino trabajando en otra cosa”.

Algo similar piensa Madelyn Olave, Coordinadora de los cuidadores de los niños en el Cottolengo. Madre de tres hijos, dos universitarios, lleva ocho años trabajando aquí. Y esto le apasiona. Conoce a cada uno de los niños que viven en el hogar.

Y aunque su vida ya está formada y tenga hijos grandes, el 2014 tomó una decisión: adoptará a dos niñas internas.

Al igual que en los centros de Sename, los niños y adolescentes tienen la posibilidad de irse en adopción. Sin embargo, la realidad es desalentadora: en los últimos 7 años sólo 5 niños se han ido adoptados.

Pero a Madelyn Olave no le importan los datos. Ella está motivada desde que conoció a Tamara. “Cuando llegué acá conocía a la mayoría de los niños, pero a ella nunca la había visto. Una vez iba caminando por un pasillo y me la topé. Me pareció muy especial”.

Los padres de Tamara eran portadores del VIH. Según exámenes, Tamara no porta el virus. Eso sí, sufre de hepatitis B y problemas cardiacos, por lo que debe tomar medicamentos especiales. “Siempre hay alguien que te toca más el corazón. Me empecé a encariñar más con ella. Me empezó a reconocer. Me involucré en la parte médica con ella. Le compro ropa, útiles. La llevo a sus controles, a todo”, reconoce Madelyn Olave.

La primera vez que la llevó a su casa, organizó una comida familiar para presentarla. Todos se prepararon para el momento. Compraron un almuerzo especial para la ocasión. “Estábamos todos sentados en la mesa y la Tamara agarró el mantel y botó todo. Pero todo. Me salió caro ese almuerzo”, recuerda la trabajadora de Cottolengo entre risas.

El proceso de adopción lo inició el 2014. Ya ha pasado por varias etapas.

“Acá hay otros casos de niños que se han ido adoptados por trabajadores. Es que uno se encariña con ellos y comienzas a entender la forma en que se comunican. Te das cuenta que te reconocen. Y logras una conexión especial”, dice Madelyn Olave.


© Pablo Izquierdo

Uno de los niños que tiene gran potencial para ser adoptado es Moisés. Así lo piensan sus cuidadoras, la directora del colegio y todos los que lo rodean. Cuando los trabajadores de Cottolengo hablan del Moise, lo hacen de otra forma, como si fuera especial. Hablan con esperanza. Saben que la vida de ese niño tiene muchas posibilidades de ser distinta a la de muchos adultos que habitan el hogar, que llegaron niños y que pasaron su vida acá.

La realidad es que la esperanza de adopción es escasa. Por eso las niñas que Madelyn Olave quiere adoptar –Tamara de 11, Jenny de 7– son unas verdaderas privilegiadas. Sobre todo pensando que tienen enfermedades complejas.

"A la Tamara, como inicié antes el proceso, pretendo tenerla el otro año. Lo único que quiero es llevármela a la casa para aprovecharlas, disfrutarlas. La vida de ellos a veces es muy corta", dice Madelyn.

Pero ¿por qué, si las ve todos los días acá, muchas horas, quiere tenerlas en su casa?

"Yo me las quiero llevar a mi casa para que tenga una familia. Acá no es lo mismo, porque la tía tiene que atender a varios a la vez. Además, no tienen por qué estar en el hogar si ahora tienen una familia".

Para el resto, la fundación seguirá siendo su única familia. 

ASÍ PUEDES AYUDARLOS 

Si quieres apoyar a Pequeño Cottolengo en su dura y hermosa tarea, el día 24 de Mayo, se realizará una colecta en la Región Metropolitana, en estaciones de metro de Santiago y Providencia, cuyo objetivo es la recaudación de recursos que permite financiar las múltiples necesidades de esta gran obra social. También puedes realizar tu aporte vía transferencia bancaria a:

  • Nombre : Congregación Pequeña Obra de la Divina Providencia
  • Rut : 82.156.700-9
  • Banco : BCI
  • Nº de cuenta : 13133691
  • Email: colabora@cottolengo.cl


Otras formas de ayudar son a través de aportes permanentes, cosa que puedes hacer rellenando este formulario, o participando como voluntario, ya sea en especialidades médicas y de rehabilitación, colectas, organización de eventos o mantención de infraestructura. Por otro lado, si tienes una empresa, también tienen iniciativas de RSE de las que puedes hacerte parte.

¿Conocías esta fundación? ¿Les darás una mano?

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Comentarios
Alvaro Lopez B. | Colaborador | 2016-05-19 | 12:58
3
Me encantó y conmovió este artículo... muchas gracias, es muy bella la obra que realizan.
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Natilla R. | 2016-05-22 | 13:37
2
Aún recuerdo cuando estaba en cuarto básico y la profesora nos llevó para allá. Recuerdo a un niño con hidrocefalia y nos contaban que él no tenía más familia que ellos... Eso me partió el corazón y a la vez me reconfortó al pensar que aún hay gente buena en este mundo. Gracias por existir :)
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