Al compartir experiencias afines, la intimidad les sentó perfecto. Por lo que si ya eran buenos amigos, todavía resultaron mejores amantes. En verdad parecían hechos a la medida del corazón del otro, restándoles solo una prueba de fuego que les pronosticaría un apego duradero, y no era precisamente el pedirse matrimonio.
Como toda relación que se precie de normal, y por el bien de un amor puro y sin contratiempos, él le cercenó la lengua para que no hablase con ningún otro, y ella le cosió los ojos para que no viese a ninguna otra. Luego, vivieron felices para siempre.
Feliz
Sorprendido
Meh...
Mal
Molesto